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Plan Estratégico de Agricultura Ecológica de la Vega de Granada (2007-2013)

Texto íntegro del plan desarrollado por la Dirección de Agricultura Ecológica, Junta de Andalucía

Extenso informe en el que se recogen los datos relativos al Plan Estratégico de Agricultura Ecológica para la extensa comarca de la Vega de Granada, que se desarrolla desde el año 2007 hasta el próximo 2013. Gran cantidad de información relativa a la situación socioeconómica de la zona en general, concretando en la actividad agraria y las actividades declaradamente sostenibles.

25-05-2010 por Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía

1. DIAGNÓSTICO: LA INSUSTENTABILIDAD AGRARIA DE LA VEGA DE GRANADA

La agricultura de la Vega de Granada no es ajena a la situación de insustentabilidad de la agricultura industrializada a escala mundial, tanto más cuanto que la modernización agraria se inicia muy tempranamente, con el nacimiento del siglo XX, en este territorio y, por tanto, los efectos están ampliamente consolidados. El grado de insustentabilidad es tal que, si no se toman medidas drásticas que frenen la dinámica de destrucción del agroecosistema, el aprovechamiento agrario de la Vega puede desaparecer mayoritariamente en los próximos años. Por ello, es importante generar un contexto más favorable para la permanencia de la agricultura de la Vega. En este sentido, un plan específico que impulse el desarrollo de la agricultura ecológica en la comarca puede tener un papel central.

La Vega de Granada se ha caracterizado por su alto potencial agrario basado en una gran calidad de sus suelos y en el acceso relativamente fácil y progresivo al agua de riego. Desde el punto de vista edáfico, la mayoría de los suelos de la vega se clasifican como Xerofluvents Son suelos profundos, con una elevada disponibilidad de agua útil, una capacidad de cambio relativamente elevada, un grado de saturación del complejo de cambio del 100%, y pH neutro o ligeramente alcalino, características que hacen a estos suelos muy fértiles, teniendo en cuenta además la elevada proporción de suelos llanos, que llega a ser del 100% en buena parte de los municipios.

No obstante, todo este potencial no se habría materializado sin la disponibilidad de agua de riego, ya que la pluviometría de la zona es altamente estacional y muy escasa, rondando de media los 400 mm anuales. En estas condiciones, el acceso a agua de riego de aceptable calidad es la garantía de la obtención de buenas cosechas en los cultivos de siembra otoñal, y de la posibilidad de sembrar cultivos de segundo ciclo durante los meses de primavera y verano. Esta circunstancia se ha dado históricamente en la agricultura de la Vega, por situarse en la cabecera de una de las mayores cuencas hidrográficas de la Península Ibérica y sobre un potente acuífero que llega alcanzar los 250 m de profundidad. Lógicamente, antiguamente, la disponibilidad de agua quedó circunscrita a los terrenos donde era posible el riego por gravedad con pequeñas obras de infraestructura, que después se han ido ampliando conforme se acometían obras mayores y se desarrollaban tecnologías que permitían la elevación de aguas subterráneas empleando energía fósil.

La existencia de una importante biodiversidad es otra de las condiciones necesarias para que pueda existir una agricultura sustentable. La biodiversidad en nuestra comarca de estudio ha estado basada en el pasado en diversas circunstancias que podemos enumerar como sigue. Por una parte, ha sido fuente de biodiversidad en la Vega la dedicación del espacio a distintos usos agrarios con muy diferente grado de intervención humana. En este sentido, se alternaron espacios de cultivo de regadío cercanos a los cauces fluviales donde la intensidad de manejo era alta, permitiendo la presencia de segundos frutos y cultivos que no podrían haber crecido en otros lugares; con espacios de secano, que eran cultivados al tercio y pastoreadas las rastrojeras; y zonas de transición, las llamadas áreas de regadío eventual, cuya virtualidad consistía en que según la disponibilidad anual de agua podían o no recibir algunos riegos de apoyo, sirviendo de transición entre las dos zonas anteriores, con una intensidad de cultivo de año y vez. Lógicamente, cada una con todo el complejo de especies asociadas (flora adventicia, insectos, aves…). A estos espacios, hay que añadir las tierras que estuvieron dedicadas al pastoreo y al acopio de leña que se situaban en las partes más bajas y más altas de la Vega. Las primeras por ser zonas encharcables a la vera del río Genil y sus principales afluentes y cuya dedicación no podía ser otra que a especies arbóreas de ribera y de pastos estacionales cuando dejaban de estar cubiertas por las aguas; las segundas por corresponder a las elevaciones que, como en el caso de la dehesa de Santa Fe, eran de peor calidad agronómica y tenían, sobre todo, vocación forestal y ganadera.

En segundo lugar, hay que considerar como fuente de biodiversidad los espacios lineales que conectaron el territorio y que corresponden a la vegetación adyacente a la red hídrica, tanto de los cauces naturales, como de las acequias que transportaban el agua hasta las parcelas de riego. En tercer lugar, la ganadería que se movía por el territorio, utilizando recursos que no eran aprovechables directamente por la población y a los que iban destinados algunos cultivos. En cuarto lugar, pero no menos importante, las variedades vegetales y razas ganaderas tradicionales, seleccionadas de acuerdo con las características agroclimáticas y culturales de la vega añadieron diversidad genética al sistema, haciéndolo más estable.

Por último, podríamos señalar como fundamentales las prácticas de manejo. El uso de la materia orgánica como fertilizante, las rotaciones, las asociaciones de cultivos en la misma parcela (policultivos), y la ausencia de plaguicidas, son algunas de las prácticas que permitían en el pasado la presencia de flora y fauna silvestre y domesticada, sobre la base de un paisaje diverso.

Estos recursos se han ido degradando en el último siglo como consecuencia del modelo de agricultura implantado y, en las últimas décadas, por el impacto de la urbanización e industrialización de amplias áreas alrededor de los núcleos de población.

Los primeros atisbos de degradación del suelo de la comarca de la Vega tienen lugar en los años 30 del pasado siglo, como consecuencia de la incorporación de los fertilizantes químicos al cultivo de la remolacha. La expansión de este cultivo por las tierras de regadío a principios del siglo XX no habría sido posible sin la incorporación de esta nueva tecnología, que permitía el aporte de nutrientes en dichos espacios a concentraciones mucho mayores que las que podía garantizar el uso del estiércol producido por la cabaña ganadera de la zona. Hemos de tener en cuenta que en la agricultura tradicional no era posible el traslado del estiércol a grandes distancias.

La fertilización se basaba en el equilibrio territorial, por un lado a nivel de parcela, en la que era obligatoria la rotación y alternativa con especies leguminosas para mejorar la fertilidad nitrogenada. Y, por otro, a una escala mayor (municipal o comarcal) en la que las áreas sumidero de estiércol, los regadíos, debían estarsecano, que eran cultivados al tercio y pastoreadas las rastrojeras; y zonas de transición, las llamadas áreas de regadío eventual, cuya virtualidad consistía en que según la disponibilidad anual de agua podían o no recibir algunos riegos de apoyo, sirviendo de transición entre las dos zonas anteriores, con una intensidad de cultivo de año y vez. Lógicamente, cada una con todo el complejo de especies asociadas (flora adventicia, insectos, aves…). A estos espacios, hay que añadir las tierras que estuvieron dedicadas al pastoreo y al acopio de leña que se situaban en las partes más bajas y más altas de la Vega.

Las primeras por ser zonas encharcables a la vera del río Genil y sus principales afluentes y cuya dedicación no podía ser otra que a especies arbóreas de ribera y de pastos estacionales cuando dejaban de estar cubiertas por las aguas; las segundas por corresponder a las elevaciones que, como en el caso de la dehesa de Santa Fe, eran de peor calidad agronómica y tenían, sobre todo, vocación forestal y ganadera.

En segundo lugar, hay que considerar como fuente de biodiversidad los espacios lineales que conectaron el territorio y que corresponden a la vegetación adyacente a la red hídrica, tanto de los cauces naturales, como de las acequias que transportaban el agua hasta las parcelas de riego. En tercer lugar, la ganadería que se movía por el territorio, utilizando recursos que no eran aprovechables directamente por la población y a los que iban destinados algunos cultivos. En cuarto lugar, pero no menos importante, las variedades vegetales y razas ganaderas tradicionales, seleccionadas de acuerdo con las características agroclimáticas y culturales de la vega añadieron diversidad genética al sistema, haciéndolo más estable.

Por último, podríamos señalar como fundamentales las prácticas de manejo. El uso de la materia orgánica como fertilizante, las rotaciones, las asociaciones de cultivos en la misma parcela (policultivos), y la ausencia de plaguicidas, son algunas de las prácticas que permitían en el pasado la presencia de flora y fauna silvestre y domesticada, sobre la base de un paisaje diverso.

Estos recursos se han ido degradando en el último siglo como consecuencia del modelo de agricultura implantado y, en las últimas décadas, por el impacto de la urbanización e industrialización de amplias áreas alrededor de los núcleos de población.

Los primeros atisbos de degradación del suelo de la comarca de la Vega tienen lugar en los años 30 del pasado siglo, como consecuencia de la incorporación de los fertilizantes químicos al cultivo de la remolacha. La expansión de este cultivo por las tierras de regadío a principios del siglo XX no habría sido posible sin la incorporación de esta nueva tecnología, que permitía el aporte de nutrientes en dichos espacios a concentraciones mucho mayores que las que podía garantizar el uso del estiércol producido por la cabaña ganadera de la zona. Hemos de tener en cuenta que en la agricultura tradicional no era posible el traslado del estiércol a grandes distancias. La fertilización se basaba en el equilibrio territorial, por un lado a nivel de parcela, en la que era obligatoria la rotación y alternativa con especies leguminosas para mejorar la fertilidad nitrogenada. Y, por otro, a una escala mayor (municipal o comarcal) en la que las áreas sumidero de estiércol, los regadíos, debían estar compensadas con las zonas fuente de nutrientes (secanos y áreas de pastoreo dedicadas a la alimentación del ganado). Por ello, la expansión de la superficie de regadío y dentro de ella, la dedicada a un cultivo tan extractivo como es la remolacha, rompiendo ambos equilibrios territoriales, sólo fue posible cuando técnicamente se pudo sustituir la fertilización orgánica (habas y estiércol) por abonos químicos.

Esta sustitución provocó a medio plazo una serie de desequilibrios en el suelo que menguaron su fertilidad natural conforme se abandonó el uso del estiércol como fuente de fertilidad. En primer lugar, la fertilización química devuelve de forma desequilibrada los nutrientes extraídos al suelo, lo que da lugar a deficiencias en macro y micronutrientes con el paso del tiempo. En segundo lugar, se produce una caída en el contenido de la materia orgánica del suelo, lo que empeora su capacidad de almacenar agua, su estructura, etc. Por último, la ruptura de las rotaciones y el abandono de la materia orgánica como fertilizante provocan la aparición de desequilibrios en el suelo, favoreciendo la aparición de plagas y enfermedades de los cultivos. Ambos fenómenos parecen estar detrás de los problemas de rendimiento y calidad que afectaron a la remolacha azucarera en la Vega en los años 30. Actualmente obligan al agricultor al uso de plaguicidas para el suelo -clorpirifos, carbofurano…- (López, 1998) que son tóxicos.

El cambio de modelo de fertilización, de orgánico a químico, ha incidido también en la calidad del agua, estando ambos efectos relacionados ya que la ampliación del regadío y el acceso a los fertilizantes químicos establecen una relación sinérgica que permite intensificar progresivamente la agricultura de la Vega. Así, cuando el suelo reduce su contenido de materia orgánica, al ser sustituido el estiércol, se ha de incrementar el volumen de abonos químicos para mantener la producción. La movilidad del nitrógeno mineral en el suelo hace el resto, siendo lavado hacia las aguas subterráneas con las lluvias. La contaminación de las aguas subterráneas con nitratos es conocida en la Vega (Castillo, 1986; IGME, 1997).

Este proceso impactó también negativamente sobre la biodiversidad de varias formas, algunas directas y otras indirectas. Del primer modo, lo hizo simplificando el paisaje por dos vías complementarias, la primera por la propia expansión del regadío, y la segunda porque tal transformación precisó de actuaciones sobre el sistema hidrológico que provocaron la desaparición de áreas de vegetación silvestre como los humedales. Igualmente, supuso un impacto directo negativo sobre la biodiversidad del suelo. Esto es, el abandono de la fertilización orgánica tiene un efecto inmediato sobre la biota edáfica que no solamente se ve reducida en cantidad y diversidad, sino modificada en su calidad desencadenándose todo un abanico de plagas y patógenos de las plantas (hongos, nematodos, insectos...) que requieren el uso de plaguicidas para su control, ejerciendo un efecto depresor, a su vez, de la biodiversidad. Estos productos acaban también contaminando las aguas. De forma indirecta incidió sobre la biodiversidad porque la intensificación precisó de material genético capaz de responder a las crecientes dosis de fertilizantes y agua, y que, desde el punto de vista fisiológico, favoreciera la producción de la parte neta comercializable de mayor valor en el mercado. La incorporación de estas nuevas variedades altamente uniformes supuso un grave impacto sobre los recursos fitogenéticos. Este proceso se aceleró a partir de los años cincuenta del siglo XX y, actualmente, son muy pocos y muy mayores los agricultores de la Vega que continúan en pequeños huertos manteniendo algunas variedades antiguas. Otras prácticas de diversificación como los policultivos, que tuvieron una interesante vigencia en los regadíos de la Vega en la posguerra también han desaparecido en la actualidad.

En definitiva, a lo largo del siglo XX se ha producido la pérdida de estabilidad del agroecosistema de la Vega, impulsada por un detonante clave como fue la sustitución del estiércol por el fertilizante químico. Esto es, cuando la tecnología permitió la importación barata de suelo en forma de abonos de síntesis, se inició un proceso complejo que terminó por alterar y simplificar la estructura y el funcionamiento del agroecosistema haciéndolo inestable, lo que solo ha podido ser compensado añadiendo cantidades crecientes de energía exógena.

La importación de energía foránea, en forma de combustible o de insumos manufacturados, no es banal. A lo largo del siglo XX la eficiencia energética de la agricultura de la Vega ha descendido en picado. Si a principios de siglo por cada unidad de energía que se invertía en la producción agraria, se obtenían 9,24; a finales del siglo XX se obtenían sólo 1,75 (González de Molina y Guzmán, 2006: 205). Pero además, si a principios de siglo solo un 4% de la energía que la agricultura necesitaba para funcionar provenía de fuera de la Vega, hoy esta energía importada supera el 95%.

Esta situación genera evidentemente problemas medioambientales en cuanto a que un modelo de agricultura basado en energías renovables ha sido sustituido por otro basado por completo en energías fósiles, contaminantes y no renovables. Pero además, ello ha significado una pérdida completa de autonomía para los agricultores y una fuente continua de caída de la rentabilidad, ya que con el tiempo se ha agravado progresivamente el intercambio desigual que existe entre los precios de la energía que produce la agricultura, principalmente como alimentos, con respecto a la que deben adquirir en el mercado, y que proviene del sector industrial, más o menos transformada. En este sentido, es muy clarificador como la relación entre la renta generada por la actividad agraria en la Vega granadina con respecto a la renta media de la población española, ha ido descendiendo en los últimos dos siglos y medio, alcanzando el mínimo en nuestros días, a pesar de la transferencia de renta hacia el sector agrario que se realiza vía subvenciones (González de Molina y Guzmán, 2006: 354).

Si una parte de la pérdida de la rentabilidad es achacable a esta necesidad creciente de insumos industriales, la otra se ha derivado del desmantelamiento de los mecanismos (vía precios, en el pasado, o subvenciones, en el presente) que permitían a los agricultores un nivel de ingresos "más o menos garantizados". En esta coyuntura, las estrategias de supervivencia seguidas en los últimos años por los productores y la agroindustria de la Vega parecen insuficientes.

[Primeras páginas del Plan. Para leer el texto completo descárgate el pdf original]

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